La leyenda del cuarto rey mago
Une légende venant on ne sait d’où raconte qu’un quatrième Roi mage s’était rendu à la crèche pour voir l’Enfant-Jesús. Il arrivait de l’extrémité du pays des Gaules, d’un endroit nommé Pelloc’hoaz.
El rey de Pelloc'hoaz había recibido en sueños la noticia de que el Rey de Reyes había llegado a la tierra y que una estrella brillante lo guiaría hasta Él. Al día siguiente, partió, trayendo consigo tres perlas extremadamente raras, que había heredado de sus antepasados.
La primera perla brillaba como nácar rosado y lucía los suaves colores del amanecer. Su forma recordaba a un corazón. El rey de Pelloc'hoaz quiso ofrecérsela al Señor como amuleto de la suerte.
La segunda perla, de color verde, evocaba el paisaje y la belleza de la naturaleza. El rey quiso ofrecérsela al Divino Niño porque reflejaba el esplendor del mundo y el amor del Creador por todo lo viviente.
La tercera perla, blanca, era bastante transparente como el cristal. Difundía tanta luz que iluminaba todo a su alrededor. Con ella, se recibía en el pensamiento el consejo que se debía ofrecer, la solución largamente buscada, el camino a seguir. Con esta perla, la vida se simplificaba, así como las relaciones entre las personas. Para el rey de Pelloc'hoaz, simbolizaba la inteligencia y la sabiduría de la mente.
Cuenta la leyenda que, tras un largo y arduo viaje, el rey finalmente llegó a la región donde se encontraba la cueva. Allí se encontró con los soldados de Herodes, a quienes tuvo que entregar la perla rosa para evitar la muerte de niños varones. Un poco más adelante, para salvar la vida de un pobre hombre acusado injustamente, desechó la perla verde. Solo le quedó la perla blanca para iluminar su camino.
Estaba llegando a su destino cuando una madre afligida pidió ayuda porque alguien venía a buscar a su único hijo, quien acababa de robar una hogaza de pan para ayudarlos a sobrevivir. El rey de Pelloc'hoaz pagó el rescate con la perla blanca.
Quand il se présenta sans aucun regalo devant l’Enfant-Jésus, le roi était très triste. Le nourrisson ouvrit sa petite main et les trois perles qui y étaient déposées brillaient de mille feux. Il entendit alors une voix intérieure parler à son cœur : « Tu vois, ton offrande, je l’ai bien reçue ».

