Leyenda de los nativos americanos para contar junto al fuego

Le jugaron una broma al Viejo Invierno
"Viejo Invierno"... así llamaban los indígenas norteamericanos a la estación fría. Para ellos, el invierno se representaba en un gigante muy anciano de larga cabellera blanca. Estaban convencidos de que cada año, el Viejo Invierno se instalaba en el bosque, en su casa de hielo.
Celui-ci appréciait quand son ami le vent du Nord sifflait et hurlait, tordant parfois les branches jusqu’à les faire craquer. Sa maison ne comportait pas de foyer et, sur le sol, il installait un lourd tapis de neige blanche. Pour s’occuper, il faisait tomber des flocons pour protéger les graines cachées dans le sol et plusieurs insectes engourdis par le froid.
Vivía así luna tras luna. Todo estaba en calma; las aves que no se habían ido se escondían, como osos, en sus refugios. Los animales que aún salían de sus guaridas habían cambiado el color de su pelaje. A veces se confundían con el paisaje. Y así, el tiempo transcurría...
Un día, el Viejo Invierno se dio cuenta de que se estaba aburriendo. Había esparcido nieve por todas partes, congelado los arroyos, decorado las ramas con carámbanos... no le quedaba nada que hacer. Sentado afuera de su casa helada, vio a una joven que venía de lejos y parecía dirigirse hacia él.
Al acercarse al anciano, este notó el esplendor de su sonrisa y el brillo de sus ojos. Vestía de verde musgo y llevaba un bordado que recordaba a pétalos de flor de manzano. Al hablar, el aire se volvió agradable y suave. No se dio cuenta de inmediato de que la nieve se derretía bajo sus pies.
El Viejo Invierno, cautivado por tanta gracia y belleza, la recibió y le pidió que se sentara a su lado. Le contó cómo, con un simple suspiro, lograba transformar ríos y manantiales en hielo. La joven respondió: «Cuando suspiro, el aire se calienta y los manantiales empiezan a derretirse y luego a fluir». Y durante buena parte de la noche, continuaron hablando de sus respectivas habilidades.
Mientras tanto, la nieve se había derretido en la casa del anciano, y este se sentía tan a gusto en el aire cálido que se quedó dormido. La niña se levantó y fue a la puerta de la cabaña. Le indicó al sol que ya podía acercarse. El sol partió, y un pájaro decidió seguirlo; luego llegó otro, y también todos los que se habían ido al sur por el invierno.
Sin que él lo supiera, el Viejo Invierno se había quedado dormido hasta el año siguiente, porque no había reconocido a la Chica de Primavera.
